Saliendo de Irak

Jueves 2 Julio 2009 at 10:34 am | In antibelicismo | Leave a Comment

       

La guerra no ha terminado. Pero es una guerra perdida desde hace muchos años. Y quien la ha perdido ha sido Estados Unidos de América.

Algunos ya se dieron cuenta en el momento en que Bush alzó los brazos para hacer la uve de victoria sobre el portaaviones Abraham Lincoln, frente a la costa californiana, delante de aquella pancarta mentirosa que decía “Misión cumplida”, el 1 de mayo de 2003, apenas 40 días después del inicio de la invasión. Se daba por hecha la victoria y el horror en cambio apenas había empezado.

Pero la medida y la imagen de la derrota irremediable la han dado la celebración el martes en Irak del Día de la Soberanía Nacional para señalar la partida de las tropas norteamericanas de las grandes ciudades. Las imágenes de alegría, fuegos artificiales y discursos patrióticos que ensalzan la victoria para unos son para otros el duelo por la derrota y por el altísimo precio pagado en vidas y costes de todo tipo.

Fue una guerra injusta según los parámetros más clásicos.

La causa era falsa: no había armas de destrucción masiva ni Sadam Hussein tenía relaciones con Al Qaeda.

Fue mal conducida, y la prueba ha sido su duración y su fin todavía indeterminado.

No se libró con la autoridad legítima, que debía ser la de una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Y no se lanzó como último recurso.

Pero las guerras no se pierden por injustas, sino por mal libradas. Eran equivocados y confusos sus objetivos y fueron pésimos los medios que se dispuso para obtenerlos.

Hasta qué punto el coste irracional de la guerra ha influido en la actual recesión es otro de los puntos para la polémica. Pero no hay duda de que ha sido uno de los pilares del fracaso también económico de la etapa neocon.

Dice el muy citado Sun Tzu que “un ejército abocado a la derrota se bate sin esperanzas de vencer”, mientras que “un ejército victorioso lo es ya antes de entrar en combate”.

Seguro que los cultísimos neocons le habían leído, pero no entendieron nada.

El País

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